Prisionera 9196

Por: Sara Galico

Mi momento llegó, el día que con ilusión bajé la aplicación del ícono verde llamada WhatsApp. Yo no sabía que esa aplicación gratuita, afectaría todos los aspectos de mi vida cotidiana. Nadie me lo advirtió, como cuando estás a punto de lanzarte a la alberca y les preguntas a los que ya están adentro la temperatura del agua. Mienten diciendo que está deliciosa y brincas, obvio se te congelan los huesos, y mientras tiemblas de frío, odias a los que te mintieron. Pero cuando alguien más está a punto de aventarse, mientes también y les dices que el agua está deliciosa. Para arrastrarlos contigo, les repites que WhattsApp es indispensable. Hasta que todos estemos embaucados en la misma treta.

El día que bajé la aplicación perdí mi independencia, y me comprometieron a rendirle cuentas a las mamacitas que componen mis grupos de chats. La cadena perpetua llegó el día que me invitaron a participar forzosamente en un nuevo grupo de amigas, familia, soccer para niños, clases de baile, viaje, voluntaria de kermese, fiesta de cumpleaños, regalo para la festejada del cumpleaños, comité de planeación para la escuela, lista infinita de posibilidades, etc. Sin hacer uso de tu voluntad, la invitación implica que ya eres parte del grupo. 

Foto: @plumamex

En algunas ocasiones, y con un poco de suerte, mi sabio celular reconoce a alguno de los contactos del grupo. Pero por lo general, la comunicación es con personas desconocidas, y la única ventana a su identidad es una milimétrica foto de perfil que, por lo general, es de una frase súper profunda de psicología positiva, o de la nieve, o la playa, con un corazón dibujado en la arena, o de sus pies en un camastro con vista a la alberca. Como si los dedos de los pies fueran indicadores únicos para reconocer a una persona.

Otras rebeldes, ni se tomaron la molestia de subir una foto, así que la interacción completa es con la silueta de un ser gris.

¡Ahora sí, atada a un grupo de WhatsApp de por vida! No hay escapatoria, tienes que vivir con lo bueno y lo malo, en la salud y la enfermedad, la riqueza y la pobreza; hasta que… aún no puedo responder esa pregunta.

WhattsApp te regala acceso gratuito a la psicosis de los demás. En el pasado, antes de ser prisionera de la aplicación, no conocías, ni mucho menos, entablabas una relación con todas de las señoras de la comunidad. Pasabas por la vida saludándolas de lejitos y no te enterabas de sus imperfecciones. 

Ahora, sabes quién es la que se pelea con todas las otras señoras, quién hace la tarea de sus niños, quién despide empleadas domésticas cada semana, quién odia a la escuela, quién nunca sabe cómo mandar a sus hijos vestidos, quién todavía confía en las cadenas de la abundancia o mala suerte para reenviar a 10 personas, quién vive preocupada por el apocalipsis mundial y constantemente manda mensajes sobre los asaltos, desabastos de gasolina, y robo de niños para vender sus órganos.

Es prácticamente imposible verlas en un restaurante y fingir demencia, pues en el fondo, ya te mostraron sus secretos más obscuros y profundos gracias a un mensaje no apropiado. 


Foto: Baki

Y hablando de mensajes no apropiados, la aplicación nos hace creer que se ha vuelto más benevolente, permitiéndote borrar las metidas de pata no deseadas, sin embargo, indiscretamente les notifica a los demás que “Sara ha eliminado este mensaje”. En una fracción de segundos debes decidir si prefieres exponerte o despertar la intriga en los miembros de tu grupo.

 WhattsApp también es dueño tu autoestima. Al mandar un mensaje o una invitación y ser descaradamente ignorado, sientes una punzada en el estómago, y te da una regresión a tus peores momentos de la secundaria. Las palomitas azules son dóciles y te avisan que la otra persona recibió el mensaje hace dos días y fríamente decidió ignorarte. 

No existen silencios, ni noches tranquilas, citas importantes de trabajo, cenas románticas, o espacios de libertad. Leemos y mandamos mensajes mientras comemos, mientras cruzamos la calle, mientras bajamos las escaleras, 24 x 7, 365 días al año. Constantemente debemos prestar atención a las señales del grupo. Tal vez el mundo se termina y no te vas a enterar por haberte metido a bañar. Ese será tu castigo por apagar el celular.

@plumamex

Nos hemos convertido en prisioneros del WhatsApp sin saberlo. Somos adictos al contenido de los grupos de chat, unos más, otros menos. Algunos enfrentan enfermedades serias de adicción, otros han cometido errores que se renviaron a cientos de grupos y se reprodujeron en miles de chats. 

Por eso en un acto de lucidez, yo, la prisionera -9196 pido ayuda a las comunidades aisladas que no tienen acceso a la tecnología del internet, o a la vida intergaláctica para que orquesten una ofensiva y terminen con la locura de esta aplicación. 

Manden un ejército, quemen los servidores y si no funciona, pues destruyan al mundo para camuflajear mi salida de todos y cada uno de mis chats. Regálenme un pretexto para no parecer antisocial y cobarde ante los miles de ojos que observan y comentan mis movimientos en grupos de chat “petit”, diseñados únicamente para criticar a insurrectos como yo.


4 respuestas a “Prisionera 9196

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