Yo, la víctima. Yo, la heroína.

Sara Galico

Tengo que confesarles que cuando recibí la invitación para escribir sobre el tema del heroísmo y la victimización me quedé pasmada. Sentí por un segundo un nudo en el pecho. La convocatoria, evidentemente era abierta a cualquier tema, sin embargo, yo sentí el impulso de escribir un artículo que les abriría una ventana a mi intimidad. Un texto que les contaría sobre mi dolor, mi historia. Las noches interminables que lloré las lágrimas más amargas, las migrañas, la depresión que a veces todavía me persigue.

Solté la idea de escribir este artículo. Era tentador, pero también demasiado íntimo.

Semanas más tarde, una amiga me regaló una copia semi deshojada y manchada de café del libro de Alma Delia Murillo “La cabeza de mi padre”. El libro es extraordinario, ampliamente recomendable. Y mientras saboreaba cada una de sus palabras y relatos, decidí armarme de valor y escribir este artículo. Porque como Alma Delia dice en el último capítulo de su libro, las historias nacieron para ser contadas.

Tuve la fortuna de vivir una infancia muy feliz y afortunada, tuve la suerte de crecer llena de amor por parte de mis padres, hermanos, primos, abuelos y amigos. Viajábamos a Acapulco en diciembre, a Los Ángeles y Miami en verano. A nuestra casa en Cuernavaca cada fin de semana. No me faltaba ropa nueva en mi closet, en las tardes tomaba clases de bailes y pintura. Bailaba siempre en primera fila. Sacaba excelentes calificaciones, cantaba en el coro y participaba en la escolta de la bandera, un espacio otorgado a los alumnos más destacados. Los viernes, mi abuela me dejaba entrar a su closet a probarme sus joyas y abrigos de mink. Jugaba a que era todo mío.

Crecí acompañada de mi prima quien era tan cercana como una hermana, siempre reíamos, bailábamos, jugábamos. Nos preparábamos Nescafé con leche y 4 cucharadas de azúcar. Cereal con leche todas las mañanas. Sándwiches de atún antes de dormir. A veces en mi casa, a veces en la suya. Además, yo era guapa, amiguera, popular y carismática. Sentía que el mundo estaba a mis pies, que levantaría la mano y tocaría las estrellas. Así de feliz era, así de increíble fue mi infancia.

Pero crecer es difícil y doloroso.

Cuando entré a la adolescencia, todo cambió. No fue en un segundo como todo mundo te dice, fue más bien un cambio paulatino y adverso. Aunque no me ocurrió ninguna tragedia, no se murió nadie, no hubo un accidente horrible. Nada. Simplemente la situación en mi casa cambió. Me reservo de contarles los detalles, porque esta historia no me pertenece solamente a mí. Además, le tengo tanto respeto a mis padres y hermanos, que no quiero que mi historia distorsione la suya. Pues todos vivimos en la misma familia y habitamos el hogar que se desbarató, pero no compartimos la misma historia.

Se creó un agujero negro de disfuncionalidad que se lo llevó todo. Se tragó todo y lo escupió en el fondo de la tierra. Los viajes desaparecieron, también la casa de Cuernavaca, y el departamento en Av. de los Bosques. Mi ropa empezó a ser de segunda mano, ya no podía ir a mis clases en las tardes. A veces no podía ir al colegio por adeudos en la colegiatura. Sin embargo, era una bendición no poder ir porque paralelamente en la escuela empecé a ser víctima de Bullying. Durante 8 meses fui maltratada y humillada por mis compañeras. No hubo tregua un maldito día en 8 meses.

Me convertí en una persona explosiva, enojada, impaciente. Y llegaron las migrañas, mi pobre cuerpo hermoso, joven y lleno de vida, empezó a sentir los estragos del sufrimiento continuo. Me vestía de negro, y no como un acto de rebeldía, simplemente quería externalizar el luto que sentía internamente. Mi corazón se sentía negro, mi ropa tendría que ser del mismo tono. Una parte de mi ser había muerto, de eso no quedaba duda alguna. No festejé mis cumpleaños durante muchos años, no había nada que celebrar porque la vida se sentía como un martirio.

Empecé a reprobar materias, a ser grosera con mis profesores, me convertí en una persona cínica y desafiante.

Y lloraba, cada noche era un concierto de lágrimas e intensas migrañas. Estaba deprimida. No recibí ayuda psicológica. Mi sufrimiento era invisible, ya no podía agregar más al plato. Éramos muchos, ni modo que pariera la abuela. Después las lágrimas desaparecieron, y solo quedó el dolor, el coraje y la frustración.

Fui víctima de un hogar disfuncional y roto.

Fui víctima del abuso verbal y psicológico.

Yo, la víctima.

Yo, la guapa, la rica, la popular, la del coro y la escolta, la de los bailes de primera fila. La que era dueña del closet de mi abuela, la que era intensamente feliz. Yo, la enojada, la infeliz, la que reprobaba calificaciones y le mentó la madre a un profesor, la que se vestía de negro, la que sufría de intensas migrañas y depresión. La que era humillada por sus compañeras. La que sufría en silencio.

Una noche, en medio de la desesperación agarré un cuaderno y con rallones forzados escribí en una hoja: “Ya no puedo más…” “Ya no quiero estar aquí”. Repetía estas frases mecánicamente. “Ya no puedo más…” “Ya no quiero estar aquí”. Y entonces algo milagroso ocurrió. Comencé a dedicarme una carta. Mientras redactaba cada palabra me di cuenta de que me sentía mejor. Mi respiración alterada se reguló, sentí claridad, y por primera vez en años me sentí en paz.

Para mí, la escritura se convirtió en un aspecto tan milagroso que me dio las herramientas para salir adelante y encontrar el camino para sanar. Levitar por encima de las arenas movedizas que me aprisionaban. Encontrar el sentido del humor. Encontrar el amor. Escribí poemas, escribí mis sueños y las promesas que me hacía a mi misma. A través de mis palabras volví a mi ser y a mi centro. Encontré el camino a la luz.

Muchos años después, empecé a ir a terapias para reparar el daño permanente que estas cicatrices dejaron en mí. Y no les voy a mentir, ha sido un proceso larguísimo y muy difícil. Mi paz mental regresó, también mi fascinación por la vida. Crecí, le di la vuelta al timón.  Pero nunca olvidaré que todo se lo debo a una pluma Bic de tinta azul y un cuaderno de cuadrícula grande.

Yo, la que escribió cada noche hasta sentirse mejor. La que logró apaciguar el infierno interno. Yo, la víctima que se convirtió en héroe para salvarme a mi misma de la desesperación y la tristeza. ¡Yo, mi héroe!

Este artículo va dedicado a todas las personas que están cruzando por momentos de oscuridad. Les deseo que encuentren el camino, que se aferren a la felicidad, que le den tiempo al tiempo. Crecer es difícil y doloroso. Bailen, pinten, dibujen. Tengan a la mano un cuaderno y una pluma, tal vez podría salvar su vida, así como salvó la mía.


12 respuestas a “Yo, la víctima. Yo, la heroína.

  1. Mi nena hermosa:
    Ojalá pudiera regresar el tiempo.

    Hubiera buscado clases para aprender a hacer un escudo enorme para protegerlos de lo que nos pasó.

    Pero la vida es así, nos sorprende, nos atropella y nos mutila y luego con solo un poco de calor humano, nos permite renacer de nuestras cenizas.

    Si algo aprendí yo de todo esto, es a ser más fuerte, a pedir perdón aun cuando no lo merezca, y a estar ahí cuando me necesiten. No solo para ustedes, sino, como tú dices, para mí misma.

    Y también he aprendido a perdonar, pero no solo porque sí, no solo para q no duela, sino porque el dolor es inevitable pero el sufrimiento, definitivamente es optativo.

    Aprender eso, nos hizo más fuertes a todos.

    Yo solo le pido a D/os que todo el sufrimiento que pasaron siga valiendo la pena, mostrando la CASTA de lo que están hechos los tres.

    Nadie nos salvamos, algunos seguimos cargando con ello, con los excesos, la neurosis o la depresión y en ocasiones algo de cordura .

    Efectivamente, un hoyo negro que nos absorbió como aspiradora hasta el fondo de la tierra.

    Por ello, solo les pido perdón, porque no sé qué más podría hacer …. No los pude proteger, apenas y tenía fuerzas para levantarme a mí misma

    Si te sirve de algo, no solo eres tu heroína, también la mía porque estoy ultra-orgullosa de tí, de tus hermanos, de tu hermosa familia y la de tu hermano.

    Ruego a D/os que ustedes puedan mantenerla unida (lo cual yo no supe hacer)

    Te amo con toda la extensión de la palabra por hoy, por ayer y por toda la eternidad …

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  2. Gracias por ponerte vulnerable y compartir tu historia. La vida no es ni será perfecta pero el saber que no estamos solxs hace toda la diferencia. Tus palabras acompañan y dan esperanza.

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