La distorsión del Holocausto

Por: Sara Galico

Todos fuimos testigos. Gracias a una grabación de zoom, lo comunidad judía mexicana sintió una patada en el estómago cuando una profesora contó un chiste antisemita en plena clase. Ya saben, el famoso chiste de la pizza y los hornos, y los judíos. Ese chiste viejísimo que busca burlarse del sufrimiento de los judíos durante el Holocausto, burlarse del genocidio.

Días después, la conductora norteamericana Whoopi Goldberg (Oda Mae Brown como todos la conocemos gracias a la película Ghost), dijo en su programa de televisión “The View” que “el Holocausto no fue causado por discriminación racial”. Minutos después las redes sociales señalaron su grave error. La conductora se disculpó tras una conversación con líderes comunitarios del Anti-Defamation League, y como sanción, la cadena de televisión ABC la suspendió por dos semanas del programa.

Tanto en el caso de la profesora universitaria, como en el caso de la conductora norteamericana, hubieron disculpas, suspensiones, despidos y aclaraciones de parte de las organizaciones que las emplean. Ambas, serían historias con final feliz si no supiéramos con certeza que existen millones de personas como esa maestra antisemita que creen apropiado contar chistes maliciosos con la intención de humillar a los judíos. O que existen millones de personas que tienen los hechos históricos tan torcidos, que creen que el racismo solamente involucra al color de la piel, y como la mayoría de los judíos tenemos la piel blanca, entonces nuestras persecuciones tienen un carácter menos sistemático.

No existe un final feliz cuando se trata de odio, racismo y antisemitismo.

El antisemitismo ha sido una fuerza constante en nuestra historia, no se ha odiado por igual en todas las épocas ni en todos los lugares, pero este odio ha persistido y especialmente ha demostrado una capacidad notable de metamorfosis. A veces sus garras son políticas, y otras veces son religiosas, o económicas, o socioculturales o raciales. De pronto se disfraza en chistes ofensivos, o en teorías de la conspiración. Otras, como amenazas terroristas que atacan a miembros de nuestra comunidad en mercados, restaurantes kosher, o sinagogas. Hace 100 años se expresaba como pogromos en Europa del Este, y hace 80 años, como un genocidio brutal que dejó más muertos que vivos.

Arte de Felix Nussbaum, 1939. Yad Vashem

Pero durante los últimos años ha incrementado una tendencia, especialmente en países democráticos, que intenta negar, distorsionar y torcer los acontecimientos de la Shoah.

Por una parte, se busca “blanquear” el genocidio, expiar las culpas de los colaboradores, justificar a los perpetradores, e incluso culpar a las víctimas. Por otra parte, dentro de esta confusa narrativa se intenta trivializar el Holocausto como un evento incidental que puede ser comparado con las persecuciones a los comunistas. Incluso, bajo esta narrativa se argumenta que los judíos fueron culpables de su propio genocidio porque muchos de ellos simpatizaban con el comunismo.

Cada vez más, se utilizan imágenes y lenguaje asociados con el nazismo en distintos contextos, en especial en Internet, para atraer la atención del público. Cuando las palabras se abusan, al grado de que se usan como referencia barata, sin importar definiciones o contextos, estas palabras pierden su

significado. Tristemente, esto ha sido el caso para el término “Holocausto” (y otras palabras asociadas).

Recuerdo que hace unos años, los centros de migrantes de la frontera entre México y Estados Unidos fueron comparados con los campos de concentración nazis, y Trump fue equiparado a Hitler.  Actualmente, el encierro por la pandemia fue igualado a las circunstancias de Anna Frank, y las estrictas campañas de vacunación han sido comparadas con las leyes de Núremberg, el pasaporte de vacunación Covid a la infame estrella amarilla. Estas comparaciones trivializan y le restan importancia al Holocausto.

Y finalmente, existe aún un ejercicio más macabro que ha sido financiado principalmente desde Irán y se ha convertido en un arma popular de la narrativa que busca acabar con el único estado judío del planeta. Se trata de revertir los papeles, de asumir que los israelíes son tan malos y diabólicos, que actúan como los nazis. Buscan convencer al mundo de que los judíos (no solo los israelíes) se han convertido en el verdugo y están cometiendo un genocidio en contra de los palestinos.

            La negación y distorsión del Holocausto son formas de antisemitismo actual, y definitivamente han proliferado en medios de comunicación y redes sociales. En una época en la que la intolerancia (de todo tipo) ha aumentado exponencialmente debemos ser muy cuidadosos con seguir contando la historia judía como nosotros queremos que sea transmitida. Nosotros, los judíos, somos los únicos que tenemos el derecho y la obligación de transmitir la verdadera historia del Holocausto como lo que fue: el peor intento de aniquilación de un pueblo dentro de la historia.

Arte de Felix Nussbaum, 1939. Yad Vashem

Sentimos una patada en el estómago cuando escuchamos el chiste antisemita de la maestra porque profanó la memoria de los que perecieron en las cámaras de gas, pero también sentimos rabia y miedo porque sabemos que ella no está sola en perpetuar el antisemitismo. Tampoco nosotros estamos solos en defendernos, pero tenemos que hacerlo. Necesitamos levantar la voz en contra de la distorsión del Holocausto y no caer en la tentación de quedarnos callados por miedo, intimidación o incomodidad.

Debemos resaltar las dolorosas lecciones del Holocausto, la importancia de respetar los derechos humanos y la dignidad de las personas que son diferentes a nosotros. Solo así, cumpliremos nuestra promesa solemne de “nunca jamás”.

  • El arte de este texto fue creado por Felix Nussbaum, quien nació en Osnabrueck, Alemania, y estudió en Hamburgo, Berlín y Roma. Junto con su pareja, Felka Platek, se estableció en Bélgica en 1935. En 1940 fue arrestado con todos los demás extranjeros y enviado a los campos de Saint Cyprien y Gurs en el sur de Francia. Nussbaum logró huir, y vivió oculto en Bruselas hasta que fue capturado en 1944 y enviado a Auschwitz, donde pereció.


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