¿Princesa o villana de Disney?

Por: Sara Galico

Disney ha sido una gran escuela desde que inventaron a Mickey Mouse. Esta gran empresa nos ha enseñado que soñar en grande paga bien, que se pueden construir mundos mágicos que hacen felices a millones de niños y adultos.  Sus cruceros son magia, sus hoteles son bellos, sus restaurantes completamente fantásticos. Pero sobre todo, nos ha enseñado a través de sus películas a creer en nosotros mismos, a valorarnos por ser únicos y a buscar la felicidad sobre todas las cosas. Nos ha enseñado a vivir con magia e ilusión. 

Disney nos ha enseñado lo que es el amor. De una familia, de un grupo de amigos. Y obvio, del príncipe azul.

Y Disney nos ha enseñado también lo que somos las mujeres. Personas dulces, con cinturas muy delgaditas, ojos grandes, narices respingadas y voces suaves. A las mujeres nos gusta cantar con los animalitos del bosque y limpiar la casa, esperando en la abnegación a que un hombre nos rescate de la madrastra o el dragón. Complacientes, obedientes, invisibles. Le contamos nuestras penas a las hadas madrinas y a las ardillas, o los peces, pero nunca a nuestros iguales, nunca le hacemos un berrinche a nadie, no demostramos que somos fuertes, independientes, líderes, rebeldes, apasionadas. Vivimos contenidas en nuestros estilados cuerpos, en nuestros mundos rotos.

Nunca la Cenicienta se agarró de los pelos a la madrastra que la encerraba en el cuarto. Caminaba solita a su esclavitud, lloraba en silencio, invisible.

Blanca Nieves le temía hasta a los árboles, corría mientras suspiraba. No gritaba, no sudaba, no peleaba con garras y dientes para sobrevivir. No era muy lista, ni ágil, su mayor atributo siempre fue ser bonita. Y claro, cocinar y limpiar mientras los siete enanos salían a trabajar. 

Pero mi favorita siempre fue Ariel. Ella no encajaba con las sirenas y se enamoró de Erik al salvarle la vida. Y con tal de perseguir el amor de un desconocido dejó su hogar, modificó dramáticamente su cuerpo, e incluso cedió su voz.

Bella fue secuestrada, aislada y confinada en el castillo de la Bestia para salvar a su padre. Además, ahora sin animalitos, solamente puede platicar con los muebles y la vajilla. Después escapa, regresa al pueblo y vuelve al castillo con el hombre que la privó de su libertad. La película nos enseña que si un hombre te trata mal, debes seguir luchando para ganar su respeto, ya sabes decorando el castillo y poniéndote guapa. 

La película «Frozen» por fin cambia la narrativa del príncipe que viene a rescatarnos con un beso, y las protagonistas se salvan mutuamente, mientras aprenden a conocerse trabajando juntas como hermanas. Pero no podemos omitir que Elsa, la reina de Arendale, prefiere correr al bosque a vivir recluida que demostrarle al mundo que es extremadamente poderosa. Porque si eres mujer, mas vale que no seas diferente, ya sabes por el que dirán… 

Las princesas de las películas que vi toda mi vida no luchan, ni construyen sororidad con otras mujeres. No toman espacio ni protagonismo en sus vidas porque asumen que no lo merecen. Son víctimas de las circunstancias. Las princesas de Disney son el personaje protagónico, pero no toman decisiones que las convierten en protagonistas. La pasividad es su más grande virtud.

Y las otras mujeres de las películas de Disney, las antagonistas, son las madrastras, las brujas, las reinas malvadas. Ellas si ríen en voz alta y se enorgullecen de ser poderosas, de tener propiedades y castillos, de ser independientes. Aunque están solas. Las distingue la envidia que le tienen a la juventud y la belleza. Como las hermanastras de la Cenicienta, que son feas, o Úrsula que es gorda, o la malévola madrastra de Rapunzel que es vieja aunque intenta disimularlo. 

El mensaje de Disney ante las mujeres poderosas es claro, son totalmente desagradables, incluso peligrosas. Nadie las quiere, por eso se llenaron de envidia ante la dulzura de las otras babosas.

De niña vi estas películas miles de veces y les confieso que intentaba identificarme con las princesas, aunque no podía, no me salía. Tampoco me identificaba con las madrastras, pues afortunadamente la envidia y el odio nunca fueron lo mío.  En este mundo categorizado en blanco y negro, en el que necesitamos vernos representadas en nuestras experiencias cotidianas, me di cuenta que no era ninguna, no era una princesa, tampoco una villana.

Sin embargo, hoy como adulto, entiendo que siempre existió una tercera vía. Y sí, esa alternativa ahí estaba escondida en otras películas de Disney. Y con ellas me identifico completamente.

Soy Mimi, pachanguera y sonriente, soy la gatita de los «Aristogatos», que pelea por sus cachorros. Soy la ratoncita de «Bernardo y Bianca» que viaja a la ONU para abogar por los derechos de los oprimidos. Soy la mamá de «Dumbo» que defiende lo que es importante. Soy Jessy de «Toy Story» que a pesar de los tropezones de la vida se levanta con resiliencia y buena cara. Soy Sally de «Cars», que mediante la búsqueda de la justicia obliga a que se repare la calle que destrozó McQueen. 

Soy un ratón, un gato, un elefante, un coche y un juguete. Porque a ellas Disney les permitió ser lo que a las mujeres no: libres, independientes, luchonas, rifadas, divertidas y aventureras. 

Estoy consciente de que Disney también ha aprendido y ha cambiado conforme cambia la sociedad. Ha creado personajes mucho más diversos, se ha ido renovando conforme a las nuevas generaciones y en algunas de sus películas viejitas, incluso advierte sobre el contenido cultural no vigente.

Pero a las mujeres de mi generación nos tocó crecer con una serie de mensajes tóxicos que reforzaron los estereotipos de género y el sexismo. Tuvimos que aprender a salvarnos solas, a inventarnos juntas y a crear una nueva identidad de lo que es ser mujer.


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