Por: Sara Galico
Vamos a empezar por la verdad incómoda. Así, lo asumimos desde el primer renglón y pasamos a mejores noticias: México no tiene buen desempeño en el Mundial de futbol y nunca hemos pasado más allá de los cuartos de final. Somos la definición de un equipo que promete mucho, juega como nunca y pierde como siempre. Sin embargo, el hecho de que seamos mediocres en “fut”, no quiere decir que no hayamos producido momentos espectaculares alrededor de este evento que se juega cada cuatro años organizado por la FIFA. Este año, este país -que pierde cuando importa- será una vez más anfitrión del Mundial.
Participamos en el primer Mundial en Uruguay, en 1930. Nuestra selección fue el único equipo de Norteamérica que se presentó, y los jugadores viajaron en una expedición en barco por semanas para presentarse a jugar en este evento. Perdimos en contra de Francia, Chile y Argentina.
A través de los años el Mundial fue creciendo: más equipos, más países, más público y, poco a poco, más negocio. Con el paso de las décadas, la Copa del Mundo dejó de ser un torneo europeo con invitados y se convirtió en un fenómeno verdaderamente global. En ese proceso de expansión, hubo un punto de quiebre. Ese punto fue México,1970. Asistieron 100,000 espectadores y por primera vez los juegos fueron transmitidos en televisión a color, una innovación con acento mexicano. A partir de entonces, el fútbol dejó de ser solo un juego y se volvió un espectáculo para millones de aficionados alrededor del mundo. También se introdujeron en el arbitraje las tarjetas amarilla y roja para amonestar y expulsar jugadores. Este Mundial se caracterizó por la preparación de los deportistas, quienes desempeñaron juegos de muy alto nivel, y por supuesto, por el Rey Pelé, quien le consiguió a Brasil su tercer título mundial.
Para México, ser sede en 1970 tuvo implicaciones que iban más allá del futbol. Recordarán que apenas dos años antes (en 1968), el país había sido anfitrión de los Juegos Olímpicos en medio de un clima de protestas estudiantiles que culminaron en la masacre del 2 de octubre en Tlatelolco. Días después, durante la inauguración en el Estadio Olímpico, el mundo escuchó a miles de mexicanos abuchear al presidente Gustavo Díaz Ordaz, responsable de una represión coordinada desde el Estado. México 1970 buscaba proyectar una imagen distinta, la de una nación moderna, unida y estable. El proyecto impulsó la estructura urbana, especialmente menciono la construcción de nuestro amado Estadio Azteca.
El futbol sirvió como una venda que cubrió temporalmente las heridas que todavía dolían. Heridas que siguen ahí, tapadas con pan y circo, porque asumirlas duele más que cualquier derrota en la cancha.
Dieciséis años después, en 1986, México volvió a recibir al mundo futbolero tras reemplazar a Colombia como sede. Resulta que los colombianos atravesaban una crisis económica y política y no pudieron cumplir con los requisitos de infraestructura y seguridad solicitados por la FIFA. Nosotros, latinos e inestables —pero con experiencia— levantamos la mano y nos convertimos en el único país del mundo capaz de organizar la Copa del Mundo por segunda vez. Esta edición quedó marcada por momentos legendarios y, sobre todo, por el desempeño de Maradona, quien convirtió aquel mundial en un capítulo inolvidable del fútbol para las siguientes generaciones. El Estadio Azteca fue el escenario en el que Argentina venció Alemania Occidental (muy Guerra Fría) y se llevó la Copa a casa.
Hugo Sánchez, dentista de formación, era la estrella del futbol nacional y jugador del Real Madrid en ese momento. Jugó bajo una presión brutal, era ídolo y esperanza nacional al mismo tiempo. Pero si de ídolos se trata —y si me preguntan a mí— no hay que mirar únicamente a la cancha. Basta con recordar ese anuncio de televisión de cerveza Carta Blanca, en el que aparecía una chavita de 17 años, con el pelo ochentero, la blusa recortada a mano, moviendo los hombros al ritmo de chi-qui-ti-bum-a-la-bim-bom-ba. Su apodo inmediato: “La Chiquitibúm”, estrella para todas las niñas de 7 años que veíamos el fut como la cosa más aburrida del mundo, pero nos creíamos estrellitas de Timbiriche. Eso, y un jalapeño bigotón con sombrero, son mis recuerdos mágicos de ese verano, en el que probablemente me la pasé moviendo los hombros frente a la televisión.
Si 1970 fue el Mundial de la modernidad, 1986 fue el de la resiliencia. Apenas unos meses antes, en septiembre de 1985, la Ciudad de México había sido sacudida por un terremoto de 8.5 que dejó miles de muertos y otra herida social profunda. La respuesta del Estado fue insuficiente, pero la de la sociedad civil no. Mientras el presidente Miguel de la Madrid, salía a decir que “todo cool” y con una mano en la cintura negaba la catástrofe, los topos levantaban ladrillos para rescatar a miles de mexicanos atrapados en los escombros. En ese contexto, organizar el Mundial fue un acto simbólico: demostrar que el país seguía en pie. Y en el proceso, volvió a demostrar que, aunque inestable, sabe organizar el caos cuando más importa.
Y ahora pienso en 2026. Este verano volveremos a ser anfitriones de algunos partidos del Mundial. Esta vez no solos: compartiremos la sede con nuestros compadres de Estados Unidos y Canadá, en un clima de tensión regional tremendo. Migración, narcotráfico, aranceles y discursos de odio polarizantes, marcan el ritmo cada que me siento a escuchar las noticias desde mi celular, porque incluso la televisión ha cambiado y se ha convertido en obsoleta. Y si miramos hacia adentro, seguimos con heridas profundas que ahora tienen la forma de fosas comunes y más de 100 mil desaparecidos. Un clima de desconfianza que ninguna mascota logra suavizar. Ese mismo Estado que en 1968 masacró brutalmente a sus jóvenes, hoy parece acobardarse frente al crimen organizado y responde con una consigna hueca: “abrazos y no balazos”. Antes ocultaba la violencia; y hoy convive con ella.
El Mundial volverá a instalarse en nuestras pantallas gigantes, en la conversación cotidiana. Pero ya no somos el país que se sorprendía con la televisión a color ni el que se refugiaba ingenuamente en la fiesta. Somos un México que carga memoria, cifras, ausencias. Y aun así, aquí estamos. Listos para volver a discutir alineaciones como si supiéramos, cantar el himno a grito pelado y enchilarnos contra Holanda porque “no era penal”. Porque si algo sabemos hacer en este país es vivir con contradicciones.
El Mundial no nos va a salvar, pero tampoco nos va a quitar lo bailado. Y tal vez eso también sea parte de nuestra identidad: seguir jugando, seguir creyendo —aunque sea por noventa minutos— que esta vez sí podemos ganar.