Dos de vacunas y tonterías

Por: Sara Galico

A veces se nos olvida, pero las vacunas son una historia de éxito rotundo para la humanidad. Gracias a ellas se erradicó la viruela, un virus que se cobró, en su momento, dos millones de vidas al año. Y otras enfermedades (como la rubeola, la poliomielitis, el sarampión, el tétanos y la difteria) han sido eliminadas en algunas regiones del planeta. Además de evitar muertes, las vacunas ayudan a eliminar riesgos y complicaciones que pueden derivar en ceguera, parálisis o daño cerebral.

Sin embargo, como en todo, es común encontrarnos con individuos y comunidades resistentes a creer en ellas.

Desde que surgieron las vacunas, en el siglo XIX hasta nuestros días, ha persistido un movimiento heterogéneo de personas que deciden rifarse la vida de sus hijos al no vacunarlos. Y aunque no son poblaciones muy grandes, son grupos muy vocales. Estos grupos representan un riesgo para la sociedad, debido a que las vacunas tienen una doble función: en primera instancia, protegen al individuo vacunado, pero también ayudan a crear la famosa “inmunidad de rebaño”.

Los anti-vaxxers, como se les denomina peyorativamente a estas personas, no creen en la ciencia, sino en modas como el kale y el aceite de coco, la meditación y las “buenas vibras”. También existen grupos de judíos ultra-ortodoxos que no se vacunan por lo que ellos consideran “razones religiosas”, e individuos que creen teorías conspiracionales y aseguran que “las elites” nos quieren inyectar un chip para controlarnos.

Absolutamente todos estos argumentos han sido desmentidos. Pero la desconfianza ante las farmacéuticas es mayor que cualquier prueba o estudio científico comprobable. Niegan el poder de la ciencia y de la medicina por “tener otros datos”. Ignoran el hecho de que la vacunación previene el contagio masivo de ciertas enfermedades y que cada año salvan la vida de seis millones de personas, según cifras de la Organización Mundial de la Salud.

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Un ejemplo de estas teorías sin bases científicas es la que afirma que las vacunas aumentan el riesgo de autismo en los niños. Nunca pudo comprobarse dicha afirmación, y de hecho, al autor intelectual de dicha teoría le fue retirada su licencia médica por recurrir a la falsificación de datos. Sin embargo, su narrativa sigue siendo muy popular en los anti-vaxxers. El crecimiento de las redes sociales ha contribuido a que hoy en día estos grupos, pequeños, se unan y construyan comunidades poderosas e influyentes, y que además, pretendan ejercer un papel de superioridad moral ante el mundo.

Existen también vacunas que vemos como opcionales, como por ejemplo, la de la influenza estacional. Un gran porcentaje de la población decide evitar la aplicación de dicha vacuna, pues supuestamente no es un virus que tiene potencial de ser erradicado próximamente. Además, existen ya tratamientos efectivos para aliviar la gravedad de la influenza. No obstante, esta enfermedad sigue siendo un padecimiento mortal para unas 300,000 a 650,000 personas cada año.

En 2014, en el parque de Disneyland, por la renuencia de algunas personas para vacunarse, estalló un brote de sarampión. Y aunque los anti-vaxxers probablemente llevaron a sus hijos al sistema de médicos privados en Orange County para buscar tratamiento, el brote no se quedó contenido en Disneyland, sino que cruzó las fronteras de doce estados norteamericanos, y llegó a Canadá y a México.

Y hablando de México, el 70% de los niños en nuestro país no tiene completo su cuadro de vacunas, y no es por teorías de la conspiración, ni por dispositivos extraterrestres, ni porque prefieran una alimentación sin gluten basada en kale y brócoli. No es porque tengan “alineados sus chakras”. Tampoco es que sean muy religiosos o ideáticos. No están vacunados porque viven en condiciones de pobreza y porque les tocó nacer en un país en vías de desarrollo, con un sistema sanitario ineficiente.

Si hoy, en pleno 2021, hartos como estamos todos de la pandemia, el encierro y sus consecuencias, pudiéramos hacer un análisis de la palabra más utilizada en el vocabulario de la gente durante el último año, sin lugar a dudas, la más popular y la más cargada de expectativas, sería “vacuna”. Es allí donde la humanidad entera tiene puestas sus esperanzas.

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Y, afortunadamente, ya podemos festejar la existencia de algunas vacunas que han demostrado evitar, (en gran medida) el contagio o al menos las complicaciones del COVID-19. No sabemos aun si serán dosis únicas, o si tendremos que repetir los tratamientos en unos meses o años. Tampoco sabemos bien si estas vacunas nos protegerán de nuevas mutaciones del virus. Aun hay muchas interrogantes, pero lo que sí sabemos, es que funcionan y que pueden salvar vidas. Nos pueden ayudar a terminar los encierros y a reactivar la economía del mundo.

Pero para que este esquema funcione -y para que realmente podamos luchar en contra de este bicho horroroso-, necesitamos dejar a un lado nuestros prejuicios y confiar en la ciencia.

Sigan meditando, ok. Sigan mandando buenas vibras, que también funcionan. Pero, por el amor de D’os, les ruego que se vacunen contra el COVID-19 cuando tengan oportunidad. ¡Piensen en sus comunidades, en su país, en sus familias, y en el bien común!


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