Después del COVID

Por: Sara Galico

¿Qué sigue?

Sencillo, en realidad no sabemos qué sigue. Cualquiera que les diga lo contrario miente, y probablemente intenta sacar ventaja de una situación completamente incierta en un momento de inseguridad institucional, nacional e internacional. Les aseguro, todas las instancias sociales, económicas y políticas están en crisis. No hay certezas, solo incertidumbre.

Afortunadamente no fue una guerra, y hasta el momento, el enemigo no tiene cara humana (aunque algunos haters se empeñan en ponerle ojos rasgados, o narices aguileñas). Es más bien un bicho uniforme, un patógeno, un virus que vino a poner nuestro mundo en jaque. Nos robó vidas, salud, paz. La pandemia lo detuvo todo abruptamente, y la crisis que generó se asemeja a los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial.

Nos advirtieron. Los científicos nos venían anunciando que era cuestión de tiempo, no estábamos preparados. Nos advirtieron que la deforestación, la devastación de ecosistemas, el tráfico de especies ilegales, y su acceso a los tianguis de alimentos en ciudades sobrepobladas era mala idea. Hoy pareciera obvio, pero somos necios como mulas, y no hacemos caso a las advertencias. Nos creíamos Superman, superdotados, ultra poderosos.

Ni hablar, nos tocó.  Ahora tenemos que levantar los ojos y mirar hacia el mañana. A medida que la pandemia llega a su punto máximo, debemos comprender sus implicaciones para el futuro. Existen más de 3 mil estudios enfocados en este virus, y algunas vacunas en proceso de distribución. Un montón de medicamentos intentan ser adaptados para lograr un tratamiento efectivo, pero todo indica que tendremos que tener paciencia, usar cubre bocas y lavarnos las manos mientras practicamos distanciamiento social. Hoy encontrar la cura no es la opción, más bien, debemos esquivar el contagio.

El confinamiento fue efectivo como medida inicial para evitar el colapso de los sistemas sanitarios. Pero ahora lo que está por colapsar es nuestra economía. Así que necesitamos entrar en un balance para malabarear un equilibrio entre salud, parnasá y felicidad mientras peleamos en contra de la adversidad histórica de una pandemia.

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En el contexto económico, atravesamos por una crisis que nos afecta a todos, pues nos ha golpeado en el ingreso. En un país en el que el crecimiento económico era casi nulo (0.1% en el 2019), la pandemia literalmente nos cayó como patada en el estómago. Nuestra economía depende -en gran medida- del petróleo, el turismo, las exportaciones y las remesas de mexicanos viviendo en el extranjero. Todas estos sectores han sido severamente afectados y su recuperación vendrá vinculada a la economía global. Adicionalmente, nuestro gobierno ha desgastado la confianza de la inversión tras la cancelación de contratos públicos y privados. Y aquellos mexicanos que lentamente escalaban la escalera y asomaban su cabeza a la clase media, fácilmente podrían volver a caer en pobreza extrema.

Todo apunta a que aumentará la desigualdad social, esa que creíamos que no podía empeorar, y con ella también se fortalecerán las redes del crimen organizado.

No quiero mentirles, el panorama se ve muy oscuro. La recuperación será lenta y difícil.

Pero nos tocó un virus, y no una guerra con armas, balas, ni soldados humanos. Podemos contener la devastación mientras permanecemos en casa con nuestros seres queridos e ideamos estrategias para mejorar nuestras finanzas personales. Mientras aprovechamos para aprender algo nuevo por Zoom, podemos emprender y experimentar nuevas alternativas de ingreso. Leer un montón y buscar fuentes de información que contengan buenos datos y herramientas. Trabajar a distancia con terapeutas y psicólogos que nos ayuden a sanar el trauma y procesar las pérdidas. Fortalecer desde nuestro sillón las instituciones por medio de donativos o trabajo voluntario. Romper fronteras y aportar a la reconstrucción del mundo. Organizarnos para generar acciones políticas que modifiquen nuestras estructuras nacionales.

La primera mitad del siglo pasado, fue el escenario que atestiguó las peores guerras que la humanidad ha librado en su historia. Genocidios, devastaciones naturales y económicas, y una pandemia que acabó con una tercera parte de la población mundial. Sin embargo, a pesar de todas estas enormes vicisitudes, floreció entre la adversidad una generación que se dio a la tarea de construir una nueva realidad.  

Los “baby-boomers” (nacidos entre 1945 y 1954) se caracterizaron por su optimismo, compromiso, solidaridad y cooperación. Son un legado de arduo trabajo, seguridad e independencia. Crecieron con la televisión y emprendieron la lucha por los derechos civiles. Supieron trabajar en equipo y demostraron valorar la educación y los lazos familiares, pero también aprendieron a viajar y disfrutar de la vida. Son un ejemplo del delicado equilibrio entre el trabajo, la salud y la felicidad.

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Tras la sombra del coronavirus, tendremos que recurrir a la prudencia e ingenio, autodisciplina y creatividad. Así mismo, tendremos que encontrar nuevas formas para conducir nuestra vida comunitaria y reanudar la educación de nuestros hijos. Requerimos de acciones colectivas, disciplina y paciencia. Y debemos comprometernos a enfrentar todo lo que nos espera con valor y determinación. Nos toca empezar de nuevo para renacer ante la adversidad con más fuerza y convertirnos en un ejemplo para las futuras generaciones de la humanidad.

Nota: Aprovecho para desearle a mis lectores un feliz 2021! Que simple y sencillamente sea un mejor año en toda la extensión de la palabra.


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